AFRICA MUSICAL

África, cuyas artes transformaron la plástica, la música y la danza de la humanidad en el siglo XX es un continente musicalmente ignoto. Como los mapas de negreros que solo nombraban puntos de costas africanas, el conocimiento que el resto del mundo tiene de su inmenso legado es vergonzosamente superficial. El pop, incapaz de transmitir sutilezas pero voraz aprovechador de ritmos ha efectuado reducciones de la fabulosa materia conceptual y organológica de un continente cuya pobreza material esconde tesoros culturales. Recuerdo el surco más famoso de un disco de la colección Ocora de Radio France con música de los Pigmeos Ba Ben Zelé: el simple canto de una niña alternando en síncopas con los silbidos de un pito de hoja que ella misma sopla con regularidad metronómica. Sorprendente momento de génesis, alborada musical: unión de ritmo y respiración que ya es danza; diálogo entre las síncopas de la voz humana y el pulso constante de la naturaleza convertida en instrumento. De allí saltamos a los maestros tamboreros de Burundi, donde un ejército homogéneo de tumbadoras gigantes ejecuta al unísono las órdenes de un director que con sus improvisadas secuencias mímicas instruye al conjunto, como un gran número de tap-dance ejecutado por elefantes. De Nigeria nos llega la danza más electrizante del mundo, acompañada por la sublime orquesta polirrítmica del Batá cuyos súbitos cambios de métrica revelan pliegues ocultos de la materia temporal; ecuaciones rítmicas inteligibles para nuestra onomatopeya caribeña. Al escuchar el arpa tubular de Madagascar, la Valiha, con maracas y canto, también sentimos una familiaridad inexplicable; son casi los mismos giros de nuestra arpa tuyera, pero la isla presenta una diversidad étnica impresionante cuya máxima intensidad está en la música de los Bara, maestros de la hiper-velocidad. No olvidemos la kora, arpa-calabaza de Senegal; el ud, bandola sin trastes que cubre el arco que va de Sudán a Marruecos; la kalimba surafricana o el talking drum de los Griots, trovadores fantásticos y mensajeros culturales; los xilófonos de Guinea Ecuatorial que hablan los idiomas tónicos; las polifonías vocales Mongo, de las profundas selvas del Congo, más complejas que la polifonía del Renacimiento.

Paradójicamente esta imagen del África musical se cristalizó en Europa (decía Borges: la idea de Europa se fabricó en América) con la publicación de grabaciones etnomusicológicas de los años 60 (vinilos y CDs de Ocora, Folkways, etc.) que dejaron muestras de las culturas fabulosas que los propios países del mundo industrializado estaban destruyendo; situación que podríamos comparar con la escena en “Roma” de Fellini cuando los excavadores del metro descubren frescos romanos, invitan la televisión a filmar y ante las cámaras el aire contaminado evapora los pigmentos, borrando para siempre los murales en una brisa macabra. Los micrófonos de los investigadores capturaron rituales que nunca más serían vistos, instrumentos ya olvidados; grabaron cantos y exclamaciones de trovadores desaparecidos, de etnias exterminadas o allanadas por la pobreza en la dramática aculturación africana. La cultura perdida valía más que la suma de todos los diamantes, el uranio, el petróleo, la madera y la sangre. La conciencia siempre llega tarde.

(Junio 2010)

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