EL ANCESTRO

El cuatro goza de una salud indiscutible. La reciente gira norteamericana y europea  del grupo C4 (núcleo de 3 cuatristas: Glem, Molina y Ramírez con invitados prestigiosos) ha sacudido las salas, cosechando los merecidos frutos de la iniciativa lanzada hace unos años por el maestro Cheo Hurtado, una gran movida nacional que bautizó “La Siembra del Cuatro”. Todos pensábamos que el estilo “rasguipunteado” desarrollado hace tres décadas por solistas como Hernán Gamboa y Alí Chirinos, entre otros, y llevado al paroxismo en los célebres pajarillos de Cheo Hurtado, era una expresión individual desarrollada por cada solista hasta el límite de su potencial personal, sin formar escuela. La Siembra del Cuatro, una cátedra sistemática aunque muy libre multiplicó los prodigios y estableció una nueva base que todos sus alumnos manejan como punto de partida. De pronto esa cima del virtuosismo, el joropo capturado en un remolino de variaciones, dejó de ser la excepción para convertirse en requerimiento mínimo de una escuela que estudia todos los estilos en las diversas tradiciones venezolanas como materia viviente; un anti-conservatorio, si se quiere, de la tradición oral.  El comentario que circula, altamente positivo, por cierto, es que se han “multiplicado los Cheos” mediante una clonación, pero es afortunadamente apenas una impresión; en el cuatro sobra espacio para la individualidad y la novedad. Personalidades como la de Jorge Glem y sus compañeros de C4 lo ilustran con amplitud. En el cuatro siempre ha existido una dialéctica entre los que prefieren el punteo y los que dominan la melodía rasgueada en acordes paralelos que se mueven a gran velocidad, entre los dos extremos hay un espacio considerable para una combinatoria personal, como por ejemplo el finísimo estilo del Pollo Brito, maestro de la elisión y del desfase métrico. La gira de C4 nos trae el recuerdo de las giras pioneras del gran Fredy Reyna, quien en la década de los 50 y 60 llevó su cuatro por el mundo, representando un estilo que se ha desvanecido quizás por su delicadeza y su refinamiento. No hay grabación que me produzca más nostalgia que las que nos dejó el recordado maestro del cuatro, donde parece intervenir entre la canción y el oyente un tercer factor: el cuatrista como actor interpretando un papel. Es quizás lo que hemos perdido adoptando el virtuosismo y el ritmo inflexible, constante, como meta principal en el cuatro moderno: la sutileza de los colores más íntimos de nuestro instrumento nacional, delicadeza que se expresa en el factor de la agógica (el arte de aguantar o acelerar el tiempo) que Fredy manejaba mejor que nadie, como su picardía al declamar un merengue con un punzón o decorar un vals con un pincelillo. Ya nadie toca esas canciones como Duilia, el Latigueado,  merengues como El Templete, los tristísimos Motivos del Tamunangue o esa Danza irrepetible, donde las limitaciones de registro del instrumento se ven avasalladas por una maestría en la prosodia, en la dicción del texto melódico y de su acompañamiento siempre tan flexible y variado. Fredy Reyna dominaba la gramática del estilo venezolano y transmitía un contenido cultural formidable que los cuatristas de hoy deberían estudiar con mucha seriedad. Hay mucho más que simples temas olvidados en esas grabaciones: la sabiduría de los ancestros, tan escasa en nuestro país de pura juventud.

(Noviembre 2010)

 

Anuncios

Acerca de pauldesenne

Composer / Writer
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s