Habana Wynton

La segunda solicitud de la Filarmónica de Nueva York para ir a La Habana se topa con obstáculos en la administración; Estados Unidos le negó una primera el año pasado, alegando que los millonarios benefactores de la orquesta que querían viajar con los músicos solo iban a tomar daiquirí; totalmente prohibido. Según el N.Y. Times esta vez los mecenas prometen trabajar en actividades educativas en la gira, pero no convencen, parece un subterfugio. Esto contradice la hipótesis inicial que formé cuando me enteré del viaje de Wynton Marsalis a Cuba en octubre, por una amiga que realizó las entrevistas en el documental del histórico evento propiciado por el Instituto Cubano de Música. Pensé que era parte de una estrategia de estado, o quizás de Obama: mejorar el clima mediante la diplomacia cultural. Plausible: en noviembre viaja el American Ballet Theatre para homenajear a Alicia Alonso. Pero la manera como se desarrolló la gira de Marsalis, las autorizaciones de último minuto por parte de Washington, confirman que ciertos políticos y sus administradores, los primeros en su nublada perspectiva del poder y los segundos inmersos en sus códigos congelados, son idénticos en todas partes: perjudican a los ciudadanos queriendo normar sus movimientos, pensamientos e intercambios culturales. La ley de la identidad de los opuestos se verifica nuevamente. Una de las preguntas que le sugerí a mi amiga, en el caso de que lograra entrevistar al representante diplomático estadounidense en La Habana, tenía que ver con la política cultural de EE.UU. en nuestro continente. Siempre preocupados por drogas y terrorismo, terminan olvidando el inmenso potencial diplomático de sus magníficos artistas, tan enemigos como los más de los enlatados gringos y de la chatarra comercial mediática decadente. Si los Latinoamericanos conocieran un poco mejor la televisión crítica y los artistas independientes de los EE.UU. se sorprenderían y entenderían un poco mejor la complejidad de la situación, se desmoronaría la estúpida imagen de un imperio monolítico de explotadores y por fin se descubrirían verdaderos vínculos entre los pueblos, como los que reveló Marsalis entre su ciudad natal New Orleans y La Habana. La gira levantó mucha prensa, el contacto fué profundo y emotivo entre los músicos de Jazz at Lincoln Center y los jóvenes habaneros. Los artistas inmersos en la inmediatez de lo humano triunfan donde fracasan los políticos y los aparatosos orgullos nacionales, inútiles vestigios de la barbarie. Luego esos triunfos se los atribuyen gobiernos y políticos de turno, pero siguen siendo producto de la audacia de las organizaciones que sí tienen compromisos con la cultura y no con el poder. Estos artistas viajeros construyen el puente Norte-Sur, pero al igual que los profesores de música que han venido a Venezuela de Europa y EE.UU. a dar clases en El Sistema, terminan por darse cuenta que el puente también es Sur-Norte. Lo atestigua una reciente conferencia en el departamento de Educación de Harvard sobre el legado venezolano en los nuevos enfoques educativos de importantes conservatorios en Boston y Nueva York. Hay un espacio privilegiado que los mercaderes de armas y su clientela intentan cerrar: el espacio de la Transacción Cultural en el que ganamos todos. Una nueva Bolsa de Valores. Inviertan.

(Octubre 2010)

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