LA FORMA Y EL SILENCIO

En la plástica se toma en serio el valor formal de la presentación. Los marcos, las paredes blancas y los espacios vacíos exaltan el significado del objeto que se va a contemplar, a tal punto que casi cualquier chatarra que caiga en ese pedestal después del orinal de Duchamp se hace merecedora de una lectura estética. Es tan poderosa la puesta en escena de la pieza, el diálogo del artista-interventor con el borde vacío, que ha trastornado el valor de lo que antes se llamaba talento hasta en ocasiones usurpar su función. En la Música de existe el ritual del concierto; el espacio de silencio sagrado que rodea el evento enfocando la atención en el discurso. Aunque el primero en desnudar el ritual colocando un marco vacío en la galería sonora haya sido Cage en 1952 con su obra 4’33’’ (cuarenta años después del cuadro negro de Malevitch) el prohibir sonidos musicales por 4 minutos y 33  segundos reveló irónicamente la importancia de la formalidad en la constitución del objeto desde los albores de la música. Pero el silencio no siempre formó parte del ritual; la música solía ser un ingrediente de espectáculos multimedia generalmente ruidosos: tragedia griega, gladiadores (las estridentes orquestas con órgano, percusión y vientos eran famosas acompañantes de la sangre en la arena), misas, coronaciones. Poco a poco las artes musicales destilaron la herramienta del silencio a medida que se liberaban de las funciones litúrgicas o dramáticas, pero conservaron el carácter sagrado, solemne; el poder de congregar, el privilegio de transmitir en la frecuencia de lo sublime y lo divino, dentro de un marco silencioso. Algo no funcionó cuando el célebre violinista Joshua Bell realizó un experimento en el metro de Washington. De incógnito tocó hermosas partitas de Bach en los túneles para los desinteresados oyentes que hubieran pagado 50 dólares por escucharlo en una sala. Apenas recogió unas monedas; nadie estaba preparado para el éxtasis sin preaviso. Comprobó la importancia del ritual del concierto, la fuerza de la ley que prohibe la extracción del objeto musical de su marco, de su liturgia; ley que condena los sonidos al mismo destino que los peces del arrecife coralino cuyos brillantes colores palidecen cuando los pescan. La formalidad también tiene funciones pedagógicas importantísimas; de nada hubiera servido el esfuerzo inicial de la primera orquesta juvenil hace 35 años si el maestro Abreu no hubiese iniciado la saga con un concierto formal. La cita con el público en un ritual severo se convirtió en el instrumento formativo principal de una pedagogía revolucionaria. La justificación última de todos los esfuerzos individuales y dispersos, la realización plena de los roles de cada quien se cristalizaba en un solo evento preciso, sencillo: el ritual del concierto. Educando a los músicos simultáneamente se educó al público, y en retorno la escucha cada vez más atenta y afilada desde las butacas fortaleció el concierto. Dentro de ese ritual colectivo, todo ¿Y fuera de él? La proliferación de un ruido musical perenne, sin bordes ni silencios; un molino de chatarra comercial que usurpa una autoridad inmerecida sobre el precioso silencio con sus parlantes desproporcionados. Tema de un curioso libro del cual hablaremos: “El Odio de la Música”, del francés Pascal Quignard.

(Septiembre 2010)

Acerca de pauldesenne

Composer / Writer
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s