PLATÓN vs. MP3

Hoy la música grabada tiene los atributos de la Divinidad: Perfección (la edición digital borró todos los errores) Ubicuidad (los archivos están a la vez en todas partes y en ningún lugar) Intangibilidad (ya no tienen cuerpo físico) Inmortalidad (copiables ad infinitum) Omnisciencia (las colecciones de música ya son totales ya no hay tiempo humano para escucharlo todo) e igual que la Divinidad ya no es rentable a menos de que un culto o una iglesia sepa cobrar por ecos de catedral y juegos de luces. Los archivos de sonido exponen mejor que los dioses los defectos de sus atributos; como un presidente vitalicio que no siente urgencia de culminar absolutamente nada, no sentimos prisa por escuchar lo que almacenamos (en muchos casos sin otro pago que el tiempo de copiarlo), tenemos la ilusión de la eternidad en nuestras manos. Entre los defectos de la Inmortalidad está la banalización, la destrucción de la emoción de lo irreversible. Antes del disco un halo de magia irrepetible rodeaba la ejecución musical, sin metáfora: Aparición y Muerte de los sonidos. La escritura fue el primer paso de una lucha por atrapar esa frágil mariposa en el pentagrama y especular sobre un tiempo detenido. Aún así la partitura depende del Arte de la interpretación, transmitido oralmente como cualquier música tradicional, preservando la fragilidad de lo que es único y perecedero. Llegó el disco, y el músico sintió por fin que podía capitalizar sobre lo que antes se esfumaba;  escribió su nueva historia artística y económica en surcos de vinilo cuyas imperfecciones hacían que la música en vivo fuera aún insustituible. En los años 50 se invierten los valores: el escenario irrumpe en el salón de la casa; el equipo de Alta Fidelidad elimina las razones para ir a escuchar en vivo versiones sometidas al riesgo del error, a tal punto que los intérpretes sienten la presión insólita de cantar y tocar mejor que un aparato de sonido. Además nace la música ficticia en los estudios, irrepetible en vivo. El deterioro del archivo parece ser la solución tanto para el negocio de la música como para la salud de las emociones: un virus nativo que “raye” las grabaciones progresivamente. Recuerdo el espíritu que reinaba en la era del disco de vinilo: se conseguía solamente lo último, y ese presente era el filo de la creación, una ola que progresaba sin detenerse. El disco viejo si era muy bueno ya estaba rayado, forzosamente. Hoy estamos condenados a re-escuchar por los siglos de los siglos “Money” de Pink Floyd, o “Let it Be” sin deterioro; un nuevo estilo de infierno. Los clásicos se salvan por la relectura constante del repertorio antiguo cuando las corrientes creativas de la composición contemporánea se extravían. Recuerdo uno de los pasajes más paradójicos de Platón (Fedro 274 E) donde Sócrates polemiza, oponiendo a la escritura justamente los defectos de sus atributos: “Pues este invento dará origen en las almas de quienes lo aprendan al olvido, por descuido del cultivo de la memoria…”. Lo mismo se puede decir de la toxicidad del archivo universal de la música grabada. Lo que mantiene vivo el espíritu creativo de los músicos es justamente el deterioro de los rastros del pasado; gran parte de la creación es tratar de recuperar, de alcanzar la estatura recordada de lo perdido.

(Mayo 2010)

 

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Una respuesta a PLATÓN vs. MP3

  1. Elías Ardila dijo:

    Hay otra posibilidad de “reproducir” la música: la reproducción en la mente a partir de la partitura memorizada o leída.

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