EL REMOLINO RUSO

Perdidos en sus crisálidas especialísimas, muchos creadores pierden la visión global del gran circo de la sociedad. Aunque sus obras guarden relación con el mundo, no les interesa tanto el futuro de sus piezas o de sus pasos como el parto, el orgasmo creativo. Algunas especialidades, la coreografía, la dirección orquestal, combinan talentos y logran levantar un poco la mirada fuera del túnel de la obsesión, pero hay un personaje supremo que brilla por su ausencia en el mundo actual de las artes, tan burocratizado; aunque algunos crean equivocadamente que el cineasta haya asumido su papel. Hablamos del gran empresario que concentra todos los defectos: diletante, caprichoso, delirante, arriesgado, imprudente; una persona que vende la idea de un espectáculo antes de que exista una sola nota escrita, que compromete salas y tropas en aventuras que quizás se convertirán en éxitos de boletería, pero que casi seguramente serán carreras contra el reloj de las deudas. Hablamos de personas como el canadiense Garth Drabinsky, que logró crear una gigantesca red de salas en Norteamérica y que volando de costa a costa, supervisando todos los detalles de todas sus producciones de teatro musical logró incrementar la oferta cultural de muchas ciudades hasta sucumbir ante la justicia en el 2009 por deudas multimillonarias. El arquetipo moderno de este personaje es el gran Serge Diaghilev, creador de los Ballets Rusos, hombre sin el cual el arte del siglo XX no sería el mismo. Después de leer su más reciente biografía (Scheijen, Oxford University Press) podemos afirmar que todo lo que alcanzó la fama en el arte europeo lo hizo porque él lo supo colocar en el centro del escenario cultural con sus pataletas, crisis, caprichos y locuras. En dos décadas (1906-26) hizo que Picasso, Derain, Matisse, Bakst, Marinetti, Gabo, Stravisnsky, De Falla, Ravel, Prokofiev, Satie, Cocteau, Gontcharova, Nijinsky, Massine, Balanchine y docenas de otros trabajaran en producciones totalmente inventadas, informales, diseñadas sobre la marcha entre estaciones de trenes, giras y hoteles, sin sede fija, sin dinero seguro, perseguido por acreedores, celebrando en palacios o comiendo en sórdidos tarantines, movido por una obsesión: la novedad, la creación de vanguardia basada en el talento puro y la supervisión quisquillosa del más mínimo detalle. En el triste mundo actual, gobernado por la contabilidad computarizada y la ética protestante de la austeridad, el ruso mágico Diaghilev estaría seguramente tras las rejas. Nos preguntamos hoy porqué es tan triste la creación escénica, comparada con la de aquellas décadas. Apartemos la singularidad del alba del siglo XX, frágil explicación; esta era la marcó un hombre que encontró y movió el talento rompiendo convenciones con la suprema justificación del contenido. La interacción entre libretistas y compositores, coreógrafos y artistas plásticos que Diaghilev estimuló con cada fibra de su ser y de su imaginación, obligándolos a superarse en un remolino de producciones, en la práctica, sin temor al fracaso, fué su gran logro. Si nadie asume hoy ese papel, el de propiciar, defender a capa y espada la creación interdisciplinaria, el sello de nuestro tiempo será un pálido recuerdo.

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