Vinilos y vencimos

Una traducción moderna del capítulo 2 del Tao te king de Lao Tse, libro fundamental del Taoismo chino, plantea la paradoja siguiente: “Todos saben que la belleza es bella, he allí lo que hace su fealdad”. La dificultad inicial de aceptar esta frase como cierta reside en las operaciones de reajuste semántico que nos obliga a efectuar. Pero no tenemos que ir muy lejos para comprobar su exactitud: nos inclinamos ante la poesía del Infierno de Dante, pero del Paraíso poco decimos; es tan soso lo perfecto. Las inmaculadas baladas románticas, las mieles de sus arreglos dulzones son tan vacuas que dan náusea. Lo que genera sentidos y riqueza artística es precisamente una dosis misteriosamente calibrada de imperfección, de aspereza que cada día es más escasa, debido al imperio homogenizador de la era digital. Las producciones discográficas reciben una tal dosis de maquillaje (cuando no salen directamente de plantillas electrónicas con sonidos prefabricados) que ha triunfado el narcisismo más insípido, perfecto ataúd para un arte muerto. Recuerdo una clase magistral del violista Yuri Bashmet; el gran artista Ruso le reprochaba a un joven solista haber tocado el primer movimiento de la sonata de Enesco con un sonido tan lindo de principio a fin que le era imposible transmitir un solo momento de belleza. Había que recalibrar semánticamente los valores relativos, mutuamente definitorios de la crudeza y de la hermosura. En un orden de ideas similar se inscribe el clásico texto de Roland Barthes sobre la voz del barítono Fischer Dieskau en “Mitologías”.  El agudo Barthes desbarata el zurcido invisible del aterciopelado cantante alemán y concluye: homogeneidad=tedio; su pulcritud anula el la expresión de Schubert. La ecuación se verifica en todos los registros de la creación, a tal punto que la homogenización digital nos obliga a crear nuevas categorías para descartar objetos que parecen ser pero no son música. Es insólita la carencia de criterios de los que colocan al DJ, mezclador de grabaciones ajenas en jaulas rítmicas embrutecedoras, al mismo nivel que los que tocan y crean de verdad. Se expresa un malestar semántico en estos usurpadores cuando se adueñan del título de músico por la delincuencia del altoparlante y del plagio, expulsando al talento vivo (leve excepción: los maestros del scratch en vinilo); pero el culpable es el público que en su insensibilidad tan moderna se deja avasallar por una máquina que vomita pum-pum. Al igual que el niño de la ciudad que no sabía que la leche venía de la vaca, piensan que la música sale de un cable. Es tal el poder de la embotelladora digital y el deterioro de la calidad de la escucha que hoy la lógica infernal que mató la industria disquera, donde la codicia de ejecutivos y directores secó el pozo, se está reproduciendo en el ciberespacio: los dueños de la distribución (iTunes) enchapados en oro y los creadores en harapos. Pero hay que hacer una lectura positiva del interés suscitado por las grabaciones de archivo: un regreso al mundo acústico, real, de músicos de carne y hueso (sobre todo hueso) que no tenían asesores de imagen. Irónicamente,  al escarbar entre antigüedades para “componer” los DJs sin querer le están diciendo a la juventud que el que viaja hacia el pasado encontrará sonidos mejores.

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