El Chamán Catódico

Nación rima con canción; no la nación de linderos físicos, sino la de los códigos que irrigan la cultura desde lo íntimo afectivo hasta la vida material de la sociedad. Se trabaja con ciertos ritmos, se piensa y se siente con ciertos versos y melodías; la cosmogonía es una construcción musical y como bien sabemos, en cada pieza de un sistema, por minúscula que sea, está la impronta de la totalidad. Una simple inflexión en la voz de Simón Díaz logra condensar tanto para nosotros que lo elevamos a la esfera donde se proyectan mitologías. Pero este es uno de los varios Simón Díaz: el chamán catódico de la era McLuhan que logró educar, aconsejar y embrujar a los aldeanos virtuales. Hay otro de carne y hueso que supo luchar por sus derechos de autor. En una columna anterior hablamos de la gran transición que una brillante generación de artistas logró efectuar entre la Venezuela rural y la urbana, adaptando con mucha creatividad las formas musicales que en los campos duraban horas a formatos más compactos, píldoras que se podían consumir en los espacios minúsculos de tres minutos en la radio o la TV. Gracias a estas adaptaciones la nueva población urbana conservaba algo de sus antiguos códigos, la ciudad ya no era un destierro. En este contexto histórico exacto aparece el talento inteligente de Simón Díaz, la voz de un creador que logra componer no solo un repertorio de canciones esenciales sino un personaje, y me atrevería a decir que no solo un personaje sino una máscara. No la máscara que oculta, ni una de miles en el carnaval, sino la máscara del brujo; la máscara que habla sola sin nadie que la habite, aparentemente; la que fabricamos colectivamente proyectando una estructura. Si no fuera por su sólida defensa de la autoría se hubieran apoderado de su propiedad intelectual los repetidores inescrupulosos de la cultura; Caballo Viejo sería otro “anónimo” y la máscara mágica meramente creación de un “pueblo”. Esto nos hace reflexionar seriamente sobre la apropiación constante e irreflexiva de bienes intangibles por los que confunden adrede palabra con lenguaje, bajo el manto del colectivismo. Hoy vivimos una transición hacia la universalidad: queremos vernos como venezolanos en el mundo y reconocer nuestra voz en un concierto de naciones. En esta etapa ciertos creadores internacionales como Caetano Veloso con su versión sorprendente de la Tonada de Luna Llena o Gabriela Montero, con sus glosas extraordinarias sobre varias canciones de Simón (en una edición privada que esperamos se comercialice muy pronto) inauguran registros del lenguaje: la posibilidad de fusionar elementos de nuestro código cultural con los códigos del concierto contemporáneo. Nadie entenderá la interjección “Caracha Negro” más allá de nuestros mares, pero la dimensión poética y lúdica de nuestra cultura se manifestará en el mundo cuando, más que un arreglo sinfónico genérico y usualmente insípido, se logre construir una fusión original partiendo de un legado privilegiado. Esta vez no serán glosas sobre un anónimo venezolano, y me atrevo a afirmar que tiene mucho más impacto sobre la identidad de una nación la firma reconocida que la triste anonimidad. Esa es quizás una de las piezas fundamentales del legado de Simón Díaz: la lucha por afianzar el concepto de autoría en las aguas indefinibles del “folclor”.

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