RUTINA

El ciclo semanal de ensayos sinfónicos, concebido para que la orquesta refresque piezas conocidas y no para el montaje de obras nuevas es una de las trabas más serias en la renovación del repertorio sinfónico. La exigua ventana del tiempo de ensayos no ofrece espacio suficiente para que los intérpretes se sientan cómodos con nuevos libretos musicales, mucho menos para que inventen y maduren un estilo, superando así la etapa del mero descifrado de notas, del ciego y apresurado deambular por territorios ignotos que parecen revelar fallas en el oficio del único culpable: el compositor. Este último no puede conformarse con trabajar in-vitro para la posteridad. Los creadores necesitan un diálogo inmediato con la realidad sonora de los estrenos. Allí se enfrentan no solamente con las reacciones del público sino con las de amigos y críticos más o menos especializados, como ocurre en las artes visuales con gran naturalidad; cada muestra de un pintor modifica la siguiente, generando un contexto crítico que se teje y se vuelve indispensable en el sustento de su discurso. Hasta los comentarios más ingenuos pueden modificar la obra futura. Imaginen la frustración y el empobrecimiento que sufriría un pintor en su trayectoria y su lenguaje si su obra fuera visible únicamente después de su muerte. No existirían las corrientes ni las tendencias. Si los escritores sólo tuvieran publicaciones póstumas no existiría la literatura, ese inmenso tejido de influencias y comentarios que propulsan la escritura. Pero hoy la vida del compositor sinfónico, que cuando tiene suerte va de estreno en estreno, en realidad casi siempre va de fracaso en fracaso, de aborto en aborto. A menos que la obra nueva sea de una simplicidad pasmosa, el ciclo semanal de ensayo, incrustado administrativamente en todas las orquestas como un defecto de fábrica heredado de tiempos remotos no propicia sino un maltrato del texto, un camino lleno de accidentes que desprestigian a cualquiera que pretenda competir con la pátina perfecta de obras tocadas y grabadas mil veces; partituras tan manoseadas que un director dormido las puede dirigir con una sinfónica de sonámbulos. Hoy podemos afirmar que no hay una literatura sinfónica en movimiento: la obra nueva no tiene tiempo de nacer en un sistema diseñado para mantener una retrospectiva permanente de clásicos. Y no es por falta de voluntad de los programadores; ocasionalmente se presentan novedades. Es una falla de estructura en el diseño incuestionado del organigrama de ensayos. Las batutas no quieren exponer su reputación dirigiendo piezas cuyo desarrollo interpretativo no madurará en tan poco tiempo. Una planificación de ensayos y talleres anticipados por temporada, tomando en cuenta las virtudes de la asimilación instrumental a mediano plazo, imitando lo que hacen las grandes compañías de teatro o de danza, permitiría llevar un grupo de nuevas sinfonías a una etapa de madurez. Basta con que la dirección artística de las orquestas amplíe el estrecho foco de programación semanal y descubra que haciendo reposiciones múltiples a lo largo de la temporada no están estafando a nadie sino abonando una gran cosecha de público y de ideas. Las nuevas voces tienen la prioridad. Tenemos el mejor instrumento sinfónico, falta inyectarle nuestro propio contenido, y defenderlo.

 

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