EL VIAGRO SUELTO

En “La ciudad y su música” del maestro Calcaño (1958) hay una foto asombrosa: Sebastián Díaz Peña al frente de la orquesta del general Gómez hacia 1920, en una plaza de Maracay. Es el retrato de una fusión musical en pleno desarrollo entre la banda militar (flauta, clarinete, trompeta, saxofón y batería), la orquesta de salón (violines y bajo) y el conjunto de Joropo (arpa cuatro y maracas). Reconstruir en la imaginación los sonidos que brotaban de este híbrido originalísimo es un ejercicio tan fascinante como lo sería componer hoy una música para el mismo conjunto. La foto da fe del atrevimiento sonoro, del arrojo experimental del director. No podía ser una orquestación refinada ni una estética de la exquisitez; eran conglomerados acústicos deliberadamente “salvajes”: francos y eficaces. El potencial musical imaginario de la foto es ilimitado. Jugando con las combinaciones instrumentales y el repertorio, estos músicos transformaban las pálidas secuencias de los géneros de salón en un verdadero viagra bailable para el Benemérito y su corte. Si pudiéramos comparar esta fusión aragüeña con su contemporánea caribeña, la orquesta del danzón, sentiríamos el contraste entre la estructura dilatada, fríamente elegante de la clave binaria (cubana o veracruzana) y la tensión más compacta del vals o del merengue en manos de estos intérpretes, sin duda tan creativos como lo fueron los precursores anónimos que aparecen en los archivos del jazz norteamericano. A Díaz Peña no le faltaba talento ni pluma para hacer algo más que música de fiesta para patriarcas en su otoño; había completado su Grand Tour musical del Caribe, le faltaba una audiencia de más altura. Mientras que el Jazz evolucionaba hacia esferas cada vez más abstractas sin perder su raíz bailable (en un mercado urbano gigantesco), nuestra fusión criolla quedaba atrapada en funciones estrictamente ornamentales de la periferia militar, derivando hacia la orquesta típica, siempre muy sabrosa pero de corte más bien ligero y provinciano. Hoy todavía persiste cierta payasada musical cuando los solistas sinfónicos interpretan música criolla; culminan siempre con El diablo suelto, entre gritos, como si la velocidad desaforada y el zapateo en hemiolas fuera la quintaesencia de la música venezolana. Es parte de una herencia conceptual que limita nuestra música a la rutinaria exhibición de su característica más conspicua y superficial, el frenesí, obviamente conectado con la impaciencia del pavoneo sexual masculino. No podemos negarlo; nuestras cualidades interpretativas en el ámbito sinfónico o el jazz provienen de una tradición rítmica mucho más rica que la europea, pero su complejidad es sutil y flexible, no frenética. La intensidad en nuestra mejor música no proviene de una trepidación sexual sino de un agilísimo juego de variaciones. La velocidad pasa al segundo plano en el joropo oriental, por ejemplo, donde el código expresivo está en la síncopa inteligente del motivo flotante y sus múltiples rebotes. (Incluso lo más pélvico del baile de tambor tiene una dimensión hipnótica donde el cuerpo, poseído por espíritus pulsantes, se disuelve en una entrega meta-sexual). ¿Lograremos superar el eterno regreso del viagro suelto, ese animal desbocado que nos impide salir del caudillismo musical del siglo XIX?

Anuncios

Acerca de pauldesenne

Composer / Writer
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s