MELANCOLÍA

La ambigua secuencia de acordes sin ritmo aparente lleva rato flotando como escarchita electrónica sin rumbo, el público perdido en pasos difusos espera que el dedo mágico del DJ dicte la pauta. DJ Skrillex, famoso por su manejo del suspenso casi sádico, los hace sufrir reteniendo el orgasmo rítmico un poco más antes de soltar el mandarriazo del infierno. Por fin desciende sobre la multitud la onda hiperbárica que licúa el encéfalo, convirtiendo el espacio en un gigantesco útero pulsante. Gran regreso al mundo sonoro prenatal, a los símbolos uterinos que se utilizan en el lenguaje tecno: cesan momentáneamente los latidos del corazón materno y una angustia límbica se apodera de los chicos. No hay bebida ni pastilla que remplace el maná del subwoofer, la corneta subsónica, cataclismo portátil, arma de destrucción musical masiva al alcance de los espíritus más romos y burdos. La comercialización universal de altoparlantes sin normas ni reglamentos para su uso ha convertido el mundo en un infierno sin música verdadera. De las montañas forradas de casitas brotan interminables sonsonetes repetitivos que ofenden kilómetros a la redonda. Ciertos automóviles obscuros como la peste infectan las vías con sus sismos portátiles.  Ya no puede haber cumpleaños ni matrimonio sin el alfombrado electrónico que tapiza y anula las más elementales emociones y la variedad de momentos, que elimina las conversaciones, los pequeños círculos de intimidad que se formaban en las fiestas pre-DJ. Del punto de vista estrictamente musical estamos ante un retroceso innegable y paradójico, entrampados en una tecnología que ha servido para empobrecer y anular, destruir la sabiduría y el arte empoderando la vulgaridad y el abuso. No importa el género; a cierta distancia ya no se distingue el detalle prescindible de melodías y escarchitas, se escucha solamente un tun tun tun, síntoma de enajenamiento cultural universal, remix monocromático ubicuo, interminable y soporífero. La voz sobre-amplificada nació en los laboratorios de propaganda nazi; los ingenieros alemanes refinaron la tecnología que permitió el desarrollo de la hipnosis hitleriana en las asambleas masivas de Nuremberg. En treinta años pasamos del estadio fascista, del show dictatorial con marchas militares al concierto de Rock cuyo precursor libertario, el festival de Woodstock, desvió momentáneamente la tecnología de audio con fines anti militaristas. Pero la amplificación masiva conservó en sus raíces íntimas la esencia de sus orígenes en dosis variables; en cada cornetilla hay un hitlercito en miniatura, una semillita de fascismo; en la unanimidad y la obediencia de la asamblea (ya no es fiesta) que marcha y brinca al son del DJ hay algo de las huestes del tercer Reich. Los demás estamos en un campo de concentración, acorralados por el ruido indetenible de las cornetas, por los mastines que las defienden si uno tiene el atrevimiento de quejarse. En cierto modo se confirma la tesis de que la historia y la “evolución” no tienen estructuras razonables; el abuso del poder de fuego o de vatios siempre impone su ley. Los factores que propiciaron el auge del nazismo están obrando en la cultura del mega-parlante: orfandad educativa, inseguridad moral individual. Tendré mi “momento Lars von Trier”: los entiendo un poco (pero no los soporto).

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