SORPRESA

(Abril de 2012) García Márquez pone en boca de su Bolívar imaginario un seco y paradójico reclamo a los europeos. “Déjennos vivir nuestra Edad Media” le grita el caraqueño a un inglés, sugiriendo que las naciones están sentenciadas a transitar estrictamente por las eras históricas del viejo mundo y gozan de esa excusa para cometer errores y horrores aprendiendo el camino. Esta cómoda traslación, que de ser cierta nos eximiría de muchas responsabilidades, se podría aplicar al sinfonismo latinoamericano y sin duda se aplica inconscientemente: “Déjennos transitar por nuestro Clasicismo (¿Danzones, tal vez?) después veremos el Romanticismo y por fin algún día, después del advenimiento de nuestro Wagner, nos toparemos con la atonalidad”; otros afirmarían: “ya estoy en vuestro futuro, pues escribo como los parisinos de hoy”. En esta idea olfateamos algo similar a la narrativa marxista que condena la humanidad al viacrucis que va del feudalismo al comunismo sin frenos para evitar el choque contra el muro de Berlín y otras cárceles. Encontramos en el fondo de esa frase de Gabo, mas no en sus términos, un justo reclamo pan-americano vociferado desde el siglo XIX. Si heredamos del viejo mundo las prácticas de las literaturas textuales y sonoras no tenemos por ello que coincidir con su secuencia histórica, ni con la actualidad estética supuestamente homogénea que las gobierna. Somos dueños de nuestros anacronismos, o mejor, de nuestra “poli-cronía”. Toda reducción de la complejidad cultural que la describa en términos de progreso en determinadas direcciones imaginarias es tan falaz como el concepto de “diseño inteligente” en biología. Dentro del arte latinoamericano la expresión sinfónica es sin duda una de las más tímidas y merece ser mucho más activa; el lento aprendizaje instrumental trae consigo una justificada veneración de los logros geniales de la gran cultura musical europea, de la cual somos parte inseparable; el academicismo tiende siempre a seguir los modelos probados; todo conspira para limitar nuestra soltura en ese medio. Pero ahora tenemos uno de los movimientos orquestales más pujantes del planeta y mucha narrativa sinfónica que tejer. Si la máxima robinsoniana de inventar o errar es difícil de aplicar en un aparato tan sofisticado y pre-cargado de contenidos inagotables y exquisitos, de modelos aparentemente insuperables, la riqueza musical de nuestro continente interviene con fuerza en una redefinición del sinfonismo que no podemos eludir. La gramática es distinta, la geometría no es euclidiana, la temperatura emocional expande los tornillos y las juntas del discurso sinfónico; la irreverencia se manifiesta en la incorporación del humor y del baile; los ingredientes indefinibles que nos hacen un continente pícaro y fantástico se expresan mejor en el escenario musical que en cualquier otro; aquí está el marco sinfónico para darle un espacio abstracto de expresión a tantos elementos que son vitales para nosotros. Finalizo invitándolos al estreno de la sinfonía que terminé en días recientes para la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo la dirección del maestro César Iván Lara, el próximo fin de semana en la nueva sede del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Habrá Reguethoven.

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