To be or not to be, that is El Sistema

El domingo antes del Caracazo, en febrero del 89, en el TTC culminaba un ominoso festival de réquiems con el réquiem light de Lloyd Webber ¡Qué ironía del destino, un festival de misas para los muertos justo antes de la fecha inaugural de un período tan violento que todavía nos consume! La Orquesta Simón Bolívar, nave principal del Sistema, acababa de estrenar el día 5 la Sinfonía de los Mil, la 8va de Mahler, con un despliegue asombroso de coros y orquestas, para un auditorio no menos impresionante de mandatarios, en lo que llamaron “la coronación” del presidente Pérez. Dudamel cumplía ocho añitos, pero la Sinfónica Simón Bolívar ya era la punta de lanza de un sistema que tenía casi tres lustros expandiéndose, perfeccionándose como institución del Estado. Señalamos aquí este marcador histórico entre tantos otros dignos de recordar para subrayar la idea de constancia, de verdadera neutralidad política comprobada en hechos. Recordamos la 8va de Mahler, obra que acaba de sonar en Caracas en una situación totalmente diferente, para felicitar al Sistema por señalarnos la existencia y la persistencia, afortunadamente terca e inquebrantable, de otro plano donde la cotidianidad política, la fugaz imagen de escaramuzas y altercados relativamente insignificantes entre facciones de compatriotas no tiene incidencia alguna, más allá del color de una camisa quizás, en los casos más controvertidos. La contingencia metafórica de los réquiems, del caracazo y la 8va de Mahler traza una poderosa imagen de lo que puede ser la firmeza de un proyecto educativo ante el auge de la violencia. Un proyecto que no cambia sus ideales de excelencia, de exigencia; que no adapta la sustancia de su altísima enseñanza a las sazones perecederas de las circunstancias políticas. No hay un Beethoven chavecista, ni un Mahler adeco. Ahora viene el punto para algunos crucial de la participación en actos públicos. Refrescar la memoria es clave, tan importante como entender la dinámica interna, pedagógica de la institución. En una columna anterior me refería a la formalidad del evento público, la celebración del ritual del concierto como eje central de la eficacia del Sistema, reconocida mundialmente. Más que una academia de música es un sistema de fechas de concierto el que constituye el motor central, el foco de las motivaciones. El rigor de la ceremonia, la altura del compromiso, la perfección de la relojería desplegada en un punto exacto del calendario futuro es lo que cristaliza la atención y el esfuerzo de los jóvenes y niños. La responsabilidad individual se construye en torno a la fecha: mientras más importante el evento, mayor es el efecto. El día del concierto es un día sublime, una maravillosa ilusión artística construida tras miles de horas de estudio y preparación. Sincronizar mil voces e instrumentos en un escenario tiene el impacto de un lanzamiento satelital; una cuenta regresiva sincroniza todas las mentes y tras el lanzamiento queda en la órbita espiritual un rastro imborrable en el alma juvenil. El envoltorio político circunstancial tiene una magnitud insignificante ante el imperativo artístico trazado en la mente del niño, totalmente enfocada en el rigor sinfónico, en el nuevo espacio de trascendencia y abstracción que construye la disciplina musical. Ese detalle vale más que cualquier diatriba política.

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