CAPITÁN DE LAS TINIEBLAS

En diciembre de 1859, exactamente un siglo antes de mi nacimiento, Don Alejandro Figueroa, mi vecino de los cafetales mirandinos, había dejado atrás su magnífica hacienda para perder la vida en la batalla de Santa Inés defendiendo espejismos. Todos cayeron en la trampa de las armas, la última y más terrible tentación del diablo: pensar que la violencia es parte de la libertad. Lo conozco porque su fantasma es mi amigo de serenas tertulias nocturnas en cafetales abandonados. Pensando en él compuse la espeluznante entrada del Diablo retando a Florentino que el barítono William Alvarado entona con oscura majestad: “Aguárdeme en Santa Inés…que yo lo voy a buscar / Para cantar con usted”. Porque somos casi fantasmas, los compositores apreciamos las apariciones; son de una sinceridad absoluta. El alma en pena de Don Alejandro, añorando la vida floreciente que había construido, dura pero sabrosa entre bosques sombreando el borbón, no sabe mentir. Me dijo que lo único que dejan los ejércitos y las guerras fomentadas por el cacareo de los machitos Alfa, caudilletes alborotados, son estelas de desolación, atraso y saqueo de fundos. En esta versión de El Reto quise musicalizar toda la larga introducción que Alberto Arvelo teje antes del contrapunteo para conservar el hilo que nos lleva de la desmontada de Florentino a su encuentro con el Diablo. En ella el narrador describe un paisaje sonoro de chicharras sed y soledad, pero de pronto escuchamos un verso: “Fusileros federales en godas cabalgaduras” que ubica la acción en su circunstancia bélica originaria; allí comprendemos que el combate mitológico de Florentino y el Diablo para Arvelo no es un destilado moral, atemporal y metafísico sino una situación de la vida real, política y material; situación sartriana, si se quiere, que aquí se resuelve al estilo de la gesta medioeval, al amparo de la Santísima Virgen y sus avatares. Pero ni la aparente ingenuidad de retablo, ni la ubicación en 1859 agotan el potencial de estos versos hábilmente calculados para construir la verosimilitud de un coplero descalzo en un trágico combate con las tinieblas. En la musicalización, a la sombra de la prodigiosa Cantata Criolla de Estévez y su estética universalista, intenté seguir el procedimiento arveliano, el mismo de Lugones descrito por Borges. Es sumamente grato para un compositor construir nuevos discursos en códigos pulidos por los ríos del tiempo, por cultores que no son anónimos ni colectivos sino simplemente olvidados. La escritura orquestal permite inventos insólitos, flexibilidades insospechadas en un lenguaje que pierde su ruta predecible, habitual, para estallar en combinaciones novedosas. Y de la obra de Arvelo, que cada quien saque sus tuits preferidos, los hay para todos y toda situación venezolana: Los escuálidos espinos desnudan su amarillez; Caminante sin camino, resero sin una res. ¡Eterno deslizamiento del sentido! El verso queda, la picardía descontextualizadora del momento, la que impera al fin, le da significados nuevos. ¿O será que estamos todavía en la Guerra Federal? ¡Virgen Santísima! Lo mejor es ver a “Florentino y el Diablo” no como una metáfora de rígido maniqueísmo sino más bien como un carnaval de máscaras equivalentes: el Diablo tiene lo suyo, Florentino también es muy malicioso, y por fin: ¡No vayamos a creer que esto es una leyenda folklórica!

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