DESESPERANTO

Muchas lamentaciones se escucharon cuando anunciaron el cierre de la última gran tienda de música selecta de Caracas. En las capitales del mundo industrializado el rescoldo del negocio disquero se tomó la década pasada para migrar progresivamente a la red; en nuestro caso el cierre de Esperanto significa prácticamente el fin de la distribución de producciones nacionales independientes legítimas centralizada en un local. Los artistas nacionales, que todavía usan el CD como tarjeta de presentación más que como fuente de ingresos en nuestro minúsculo mercado, podrán repartir sus disquitos a la salida de los micro conciertos que la KGB tropical de la delincuencia campante aún no logra impedir en su asesinato de la vida nocturna. Dada nuestra escasa confianza en los negocios por internet, la desaparición progresiva de tiendas en la calle implica la desaparición del último cuadro sinóptico de la actividad nacional actual: ya no vemos, en el vistazo echado a los anaqueles y en la escucha promocionada, lo que se está produciendo en la diversidad. También disminuye la posibilidad de conseguir antologías de música venezolana que tanta falta hacen (que no sean las tétricas canciones sobre casitas de cartón). Algunos portales que centralizan información de las movidas venezolanas intentarán crecer y sustituir al almacén, pero los turistas tendrán que conformarse con CDs piratas, o comprar selecciones torrealberas de aeropuerto. La muerte del CD es un síntoma de cambios medulares en las costumbres de los consumidores, transformaciones harto estudiadas que hemos comentado en columnas anteriores (reunidas en desenneprestissimo.wordpress.com). Antes de la inhumación del CD hay que comenzar la oración fúnebre citando a un rockero inglés: “iTunes es un Vampiro”. Obvio: ofrecer las piezas del disco menudeadas es tan cruel como vender un soneto en versos sueltos; además, la tienda iTunes jamás se preocupará por producir y perfeccionar proyectos de grupos y ensambles, por grabar grandes ciclos sinfónicos o de ópera; es un negocio que canibaliza los restos de otra era. Los Beatles nunca hubiesen podido crear el Álbum Blanco, Miles Davis su Birth of the Cool, ni Solti grabar su integral de Wagner en este esquema de menudeo miserable que además no funciona en Latinoamérica. El inglés Norman Lebrecht analizó el naufragio simultáneo de la música clásica y las disqueras en su pérdida de las grandes audiencias de la post-guerra (ver mi columna “Dudamel Vs. Lebrecht”) pero no vio el surgimiento del Sistema, único modelo educativo latinoamericano que logra conquistar al mundo reinstaurando la emoción avasallante del concierto en vivo, eje fundamental de la cultura musical, desviando la atención de lo que parecía ser la enfermedad terminal de la música clásica y el CD. Pese a todo, el disco fue y sigue siendo un formato que supera la trivialidad de los 30 segundos en YouTube: un espacio para planteamientos artísticos extensos y bien ponderados. El disco como objeto físico es además un vehículo privilegiado de transmisión de obras al cual muchos hemos rendido culto, como al libro. En lugar de comprar armamento, una subvención a la cultura general del disco (y no al músico popular que alabó la labor de un ministro) hubiera protegido mucho más nuestra soberanía.  

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