EXTASIS

En 1483 cuando Antoine Brumel, sublime compositor de música polifónica renacentista, ingresó a sus 23 años como cantante al coro de la catedral de Chartres, joya del Gótico francés perfectamente conservada, de altísimas naves y vitrales célebres por su azul profundo, el sagrado recinto tenía más de 200 años de existencia. América no existía aún, la tierra era plana y se conocía el finis terræ, los límites del mundo, promontorios rocosos azotados por el océano turbulento, en Bretaña y Galicia. Las herejías protestantes tardarían una generación en cuajar y los músicos de la Iglesia habían desarrollado, en la resonancia prolongada de la sonora arquitectura de piedra tallada, la polifonía novedosa del Ars Nova. Las voces lograban representar en sonidos la majestad del espacio en un verdadero espectáculo multimedia; 40 metros de altura por 130 de largo, atravesados por las luces de gigantescos tímpanos de vidrio multicolor, alucinantes flores geométricas de inexplicable construcción. Hemos perdido para siempre la intensidad de la experiencia estética, el éxtasis religioso que vivieron los habitantes de aquel período también llamado Flamboyant, el Gótico hipertrófico que floreció hasta que las preocupaciones de la Contrarreforma obligaran a los compositores a limitar sus delirios polifónicos. En 1563 el Concilio de Trento le dictó reglas al compositor de música sacra: más claridad y simplicidad en la música para evitar que ésta le robe el protagonismo al mensaje de Dios. Y se lo estaba robando, ciertamente; basta con escuchar la Misa “Et terræ motus” de Brumel en la gran versión de Paul Van Nevel (http://www.youtube.com/watch?v=vm-OzGMc6IU) para ver que ya no se trataba de cantar un texto como en el canto gregoriano donde todas las voces se unen para formar la voz austera de un solo monje, sino de crear una arquitectura que no podemos calificar de otro modo que de hipnótica. A diferencia de la música melódica sencilla, en estos tejidos no podemos discernir palabras ni seguir temas, nuestra atención se diluye ante la avalancha de detalles en perfectas armonías creadas por las múltiples voces que siguen reglas de desplazamiento muy estrictas, en cadenas de imitaciones sucesivas. Por momentos percibimos cascadas de micro elementos melódicos repetidos de voz en voz que hacen que la escucha se asemeje a la contemplación de un majestuoso salto en un río amazónico: la confluencia de mil arroyos en una continuidad sin principio ni fin, un canon perpetuo, minimalismo primigenio.  La divinidad se hace presente en el entramado sensual de las voces que la espacialidad acústica de la arquitectura gótica prolonga y multiplica. Una de las piezas más perfectas de la misa, y una excelente introducción al estilo es el Agnus Dei 2 (minuto 39:17 del citado video) en el cual Brumel construye escaleras de repeticiones en diversos grados de la escala, muy similar estructuralmente a lo que escuchamos en la Chipola llanera, de origen renacentista, por cierto. Aquí vemos en filigrana la confluencia de ciencia polifónica y raíz popular que caracteriza el período; pero Brumel, quizás atizado por la formidable Lucrezia Borgia en cuya corte compuso la obra, logra transportarnos al punto en el cual las explicaciones sobran y la experiencia sensual se impone. El éxtasis de Bernini, un siglo antes.

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