LA SANTA SEDE

Las construcciones más dolorosas para un régimen democrático son las cárceles, símbolo del fracaso de las sociedades, fracturas de la convivencia. Las más gloriosas son los teatros y las salas de concierto que representan la más alta civilidad, el concierto entre ciudadanos; junto con las escuelas expresan la buena salud de la ciudad. No es casualidad que en las ruinas de la antigüedad griega y romana las únicas edificaciones reconocibles entre escombros sean los anfiteatros y los templos. La construcción de teatros y centros culturales es una de las grandes prioridades de la nueva Venezuela, la respuesta urgentísima al perfil demográfico que tenemos. El indicador más elocuente de esta necesidad básica es la sede del Sistema de Orquestas Juveniles en Quebrada Honda. No hay hora del día en que no esté llena a reventar de niños y jóvenes, una colmena de actividad incesante; conciertos extraordinarios y gratuitos en múltiples salas, cubículos de estudio siempre abarrotados de músicos practicando. Un paseo de cinco minutos recorriendo esa prodigiosa construcción, mundialmente reconocida, anima al más pesimista; allí vemos cómo el potencial de una juventud inquieta es atendido con la mayor seriedad por un equipo de docentes entregados a una meta: elevar la calidad de vida a través de la música. Pero el edificio, la planta física es la nave que permite la gran travesía. La construcción de espacios, teatros, sedes culturales, es la solución para erradicar el ocio negativo y santificar el ocio creativo del Arte. Tenemos que sustituir de una vez por todas la terapia ocupacional propuesta a la juventud por el militarismo, la disciplina sin otra meta que la obediencia estéril en función del control de los seres humanos por la violencia, por una “terapia ocupacional” mucho más elevada, civilizada, enfocada en la convivencia y el esfuerzo inteligente, no la brutalidad. La historia del Sistema de Orquestas es también la historia de sus sedes, de los locales que lo vieron nacer, comenzando por el complejo cultural Teresa Carreño. Cuando comenzó a funcionar la Sala Ribas en 1976 docenas de adolescentes que no teníamos dónde reunirnos para ensayar, practicar y encontrarnos, colmamos los espacios aún sin terminar. Hay una magia de las edificaciones culturales: se ocupan instantáneamente. La oferta generando demanda es el sueño de cualquier empresa, este sueño lo comprueba diariamente el Sistema: su oferta de espacios genera al instante una demanda que la centuplica; llegan los niños con sus mamás, chamos de todas las edades pidiendo cupo. Siempre hay que construir más salones, salas, sedes. Repito por centésima vez que tenemos el know how, la metodología para elevar rápidamente el nivel educativo de todos los niños del país, complementando la escuela básica con la práctica orquestal diaria y universal. Cada pueblo debe tener su centro cultural con un teatro, un conservatorio-sede de Orquestas Juveniles e Infantiles. En estos centros, que le costarán a la nación mucho menos que la chatarra militar inservible pagada a precio de oro, las comunidades encontrarán la paz familiar y civil. Quizás logremos finalmente contradecir la frase lapidaria de Bolívar que condena a Venezuela a no ser más que un cuartel. Mejor construir centros culturales y escuelas hoy que penitenciarios mañana.

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