TODOS

Definir el perfil del egresado no fue una prioridad del Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles en su primera década de existencia; todo estaba en proceso de gestación y el progreso de los miembros de las orquestas no se medía académicamente, ni su envejecimiento era un escollo. En el furor de los primeros años (furor que no ha cesado) se necesitaban profesores por docenas, y las orquestas se nutrían con nuevos miembros más jóvenes mientras los mayores viajaban a fundar núcleos y ocupaban su tiempo dictando clases. En este proceso de rotación y multiplicación, totalmente orgánico y novedoso se crearon, hace más de dos décadas, el Instituto Universitario de Estudios Musicales y el Conservatorio Simón Bolívar, abriéndole las puertas de la profesionalización a los músicos que migraron de las filas orquestales a dictar clases con titularización ministerial. La fluidez creativa que caracteriza la evolución del Sistema ha ido desactivando radicalmente lo que algunos escépticos veían como la “bomba de tiempo” de sus orquestas: la saturación del ámbito musical profesional, la proliferación de músicos en un mercado muy competitivo. Ciertamente, entre los antiguos miembros de “la Juvenil” hay instrumentistas que buscaron su destino en otras orquestas mundiales o nacionales; pero el grupo más significativo lo forman precisamente los miles de adultos jóvenes en todo el país que no se dedicaron a la música después de estar en las orquestas; que escogieron otros rumbos por las circunstancias naturales de la vida, pero que conservan toda la estructura simbólica de convivencia armoniosa, disciplina y respeto mutuo que construye la práctica orquestal. Ese es el verdadero perfil del egresado. El camino de la música es un reto que combina estoicismo y talento, creatividad y convicción; los integrantes de las orquestas juveniles no están todos en la obligación de convertirse en músicos orquestales profesionales, solistas o profesores, pero la institución sí tiene la obligación de plantearle a los más jóvenes las metas más ambiciosas, como si todos fueran futuros Dudamel. La multiplicación de orquestas y de grandes conciertos como los ofrecidos por las Simón Bolívar A y B, la Juvenil de Caracas, la Teresa Carreño etc., es una bendición en un país sediento de cultura y entretenimiento. Lo que necesitamos es mucho más: centenares de orquestas infantiles en todo el país, dotadas de locales sublimes y profesores excelsos para crear una escolaridad universal totalmente estructurada en torno a la disciplina sinfónica; una novedad absoluta. No importa que a los 15 años de edad haya defecciones: si la mayoría de los niños pasara de 5 a 10 años practicando varias horas diarias estoy convencido de que el país sería perfecto. Tenemos la metodología lista para realizar el salto cuántico, el personal docente de altísima calidad, las estructuras para multiplicarlo e integrarlo a la escuela básica. Lo único que falta es la voluntad política, entender que la educación es un territorio ilimitado para todos los egresados del Sistema, que la inteligencia para todas las otras disciplinas se desarrolla mejor con la música, y que para la música no hay un país mejor dotado que el nuestro. Las armas que necesitamos NO son tanques ni aviones; son salones, maestros e instrumentos musicales. ¿Loco? ¡Eso decían del maestro Abreu en 1975!

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