Fin de Temporada

Desde su punto de observación del ensayo, detrás de los primeros violines y al borde del escenario, el maestro Abreu no deja escapar el más mínimo detalle; un joven estudiante que escucha hundido horizontalmente en su asiento de primera fila recibe una reprimenda silenciosa pero muy severa del maestro por su postura irrespetuosa. Aquí nadie se apoltrona, estamos ante la mejor batuta del mundo tocando con una leyenda del chelo, acompañada por una de las 3 mejores orquestas de América (las otras dos son las fabulosas orquestas del Sistema: la Teresa Carreño y la Simón Bolívar). La Orquesta Juvenil de Caracas ensaya con la gran dama del chelo ruso, Natalia Gutman para un gran concierto Tchaikovsky que cierra la temporada. Gustavo Dudamel ajusta los detalles: sonoridad de los pizzicati, fraseo del corno antes de la entrada de la solista, detalles de un dúo de clarinetes. La disciplina es perfecta, la eficacia del ensayo es del 100%. La ciencia de Dudamel (y de sus fabulosos colegas Paredes, Vásquez, Dos Santos) no es meramente un derroche de energía carismática; reside en la técnica de ensayo; un arte de explicarle la partitura a la orquesta sin gastar palabras que requiere silencio absoluto en las filas (y en la sala), atención inteligente y ejecución inmediata de lo requerido por el director. El concierto refleja las horas de preparación, pero supera lo esperado para convertirse en un viaje musical de relevancia histórica. Tras ofrecernos la versión original de las Variaciones Rococó, joya del repertorio del chelo, con su virtuosismo aristocrático y la sobriedad expresiva que la caracteriza (y pese a unos percances de salud muy dolorosos de último minuto), la maestra Gutman, ya instalada en el balcón, exclama escuchando la Cuarta Sinfonía: “En Rusia ya nadie sabe tocar así”. Palabras mayores. El tormentoso desarrollo del primer movimiento, con sus olas que ni los más grandes directores han podido navegar sin caer en un pathos confuso, encuentra aquí su explicación definitiva. “Gustavo revela la esencia de la música más compleja” me decía el maestro Abreu hace unos años. Sin esfuerzo, como si estuviera inventando el océano ante nuestros espíritus atónitos y transportados, Dudamel construye la mejor versión que se haya escuchado de esta emblemática sinfonía. Ni un gesto que provenga del proverbial narcisismo de los habitantes del podio; todo gesto tiene relación directa, económica, con la música. El festejado es Tchaikovsky, sus prodigiosas transiciones, su dolorosa y complicada elocuencia expresada en planos temáticos entrelazados que la Juvenil de Caracas logra pronunciar con gradaciones impecables, grandes escalinatas que ascienden al punto sublime en que se logran entender, y finalmente desatar, los nudos dramáticos de cada movimiento. Estalla el texto de la obra, nutrido por una energía absolutamente nueva; la gran música clásica como jamás se había escuchado en la historia. Pero este no es un mero asunto de obediencia; los jóvenes tocan como cabalga una manada de potros salvajes, con un orden instintivo, natural. El director simplemente canaliza una energía vital que encuentra su cauce en la práctica orquestal. Lo que sí luce incontrolable es el volcán del público, afortunadamente nadie lo va a regañar por aplaudir con locura.

Diciembre 26, 2012

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