La Gran Fuga

Las dictaduras han sido sin duda el principal repelente de intelectuales y creadores de la historia de la humanidad; si bien es cierto que el mejor antídoto contra el fascismo son la inteligencia, la educación, el arte y la ciencia, las armas de la tiranía: bombas, balas, señalamientos y linchamientos, acaban rápidamente con la humanidad pensante que siempre y por definición cuestiona el abuso de autoridad. Huyes o te silencian, en el mejor de los casos. Podríamos pensar que la música, abstracta y políticamente “neutra”, logra escapar del filtro ideológico del totalitarismo, pasando como el café por el colador de la censura. Ciertamente, una gran parte del repertorio de concierto clásico nunca irritó a Hitler, con la excepción de la música de compositores Judíos, considerados impuros: Mahler, Mendelsohn, Korngold, Schoenberg y tantos otros; pero pensar que la creación musical o el ballet puedan existir en una esfera aislada de las otras artes y de un colectivo que opina es una ilusión muy común que le conviene a las dictaduras; sin un Bakst, un Cocteau, un Diaghilev, un Monteux, un Nijinsky, un Ramuz, no hay Stravinsky. El gigantesco éxodo de intelectuales y artistas judíos del Tercer Reich, desde el exilio del extraordinario director de orquesta Bruno Walter en 1933, tras múltiples e inexplicables cancelaciones de sus conciertos, hasta el escape in extremis de Sigmund Freud en 1938, empobreció a tal punto la vida intelectual y cultural del pueblo alemán que el único entretenimiento que quedaba era escuchar los discursos incendiarios del führer y prepararse para la invasión del “espacio vital” en manos de los enemigos de la raza aria. Se estima que por lo menos 2000 judíos, intérpretes, solistas, directores, profesores, cantantes y profesionales de la música lograron huir antes de 1939; el escenario de las artes en los países de asilo se enriqueció tremendamente. Los norteamericanos vieron de pronto estallar su vida académica tras recibir semejante inyección de talento; toda clase de disidentes de altísimo nivel artístico e intelectual, además de los judíos perseguidos, llegaron directamente a ofrecer sus conocimientos inmensos a un país sediento de cultura. El boom de la música clásica y las grandes orquestas norteamericanas, la monumental discografía de los años 50  son hijos de la gran fuga de talentos, del tsunami de artistas que llegó al país de las oportunidades. La cacería de brujas del macartismo, comparado con la persecución nazi o estalinista, era una caricia en la mejilla. La lista de los músicos que perecieron en los campos de la muerte pudo establecerse poco a poco, un sórdido rompecabezas que incluye la sobrina de Gustav Mahler, Alma María Rosé, quien fundó la orquesta de mujeres del campo de concentración de Auschwitz, cuya historia recordó su directora asistente Fania Fénelon (cantante de cabaret, miembro de la resistencia francesa y judía) en un libro impresionante “Tregua para la Orquesta”. Los casos de músicos empleados por los guardias nazis para “amenizar” los trabajos forzados son la imagen más dantesca de la guerra. A la sombra, en los Stalag, las barracas de prisioneros, un compositor francés prisionero, Olivier Messiaen, escribía su “Cuarteto para el Fin de los Tiempos”. Ojalá no regresen aquellos tristes y dolorosos tiempos de la persecución y la muerte.

Abril 18, 2013

Anuncios

Acerca de pauldesenne

Composer / Writer
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s