Las Cartas de Claude Debussy

Sorpresa musicológica de la década: la correspondencia completa de Claude Debussy (2005) bajo la famosa portada marfil y marco rojinegro que la casa Gallimard le reserva a la mejor literatura francesa. Con sus copiosas notas, índices cruzados y apéndices, las tres mil epístolas revelan la importancia de la comunidad creativa en la vida del compositor que inventó la armonía del siglo XX. El melancólico Debussy, inmerso en la transición más activa de la Historia, de 1870 a 1914, vivía en un París donde la jerarquía artística no se medía en meros éxitos económicos sino en talento y arrojo. Es amoroso como un niño con Lilly o Emma; quejumbroso con su amigo el compositor Caplet; jocoso con el poeta Pierre Louÿs; agradecido con Durand, el editor generoso que le extiende adelantos en los momentos más difíciles; levemente pomposo en los intercambios académicos pero familiar y simpático como ninguno con sus íntimos compinches (entre los cuales están Stravinsky y Satie). Si en algunas cartas desarrolla posiciones estéticas tajantes, cada vez más nacionalistas a medida que se acerca el conflicto ineludible de 1914, sería un error buscar en las 2330 páginas de esta correspondencia el mapa de la Catedral Sumergida, los secretos de Pelléas o las huellas del Fauno: el Debussy de la cotidianidad es un hombre franco y sencillo. Cuando escribe sobre su música es técnico y sobrio, pero sarcástico cuando critica, implacable, el acento de un cantante norteamericano; o cuando afirma que ya no quiere “dejarse asesinar” por cierto director de orquesta. Por fin entendemos, en nuestra impaciente búsqueda del mago de la orquestación, que los procesos de la genialidad son inconmensurables con la vida epistolar. El verdadero rostro de Claude Achille Debussy no está en este rompecabezas incompleto sino en concierto, flotando en algún lugar entre las violas y el corno inglés, los chelos y el arpa. Aquí lo que saboreamos es la riqueza de una asombrosa lista de corresponsales: Gabriele d’Annunzio, Edgar Varese, Gounod, Dukas, Fauré, Ravel, Gide, d’ Indy, Monteux, Koussevitzky, Toscanini, el poeta Mallarmé, el teórico inventor Martenot, Valéry, Ysaÿe, Reynaldo Hahn, Ernest Bloch, Nadia Boulanger, Alfred Cortot, Diaghilev y su bailarín estrella Nijinsky, Manuel De Falla, Lalo, Poulenc, Pizzetti, Odilon Redon, Jules Romains, Satie, Stravinsky, el pianista catalán Ricardo Viñes…una constelación que contraría la imagen del compositor solitario, exiliado en medio de una ciudad saturada de cultura. Sin embargo, la distancia infinita que separa su poética musical de la prosa epistolar nos da la medida de la torre de marfil que se construyó, de la cual descendía ocasionalmente para constatar que el mundo no es sino un nudo de problemas logísticos y el cuerpo una prisión de enfermedad y dolor. Afligido durante sus últimos años por un atroz cáncer del recto, Debussy no detiene su ascenso hacia lo más sublime; sus tres Sonatas finales para diversos instrumentos, cuyos procesos creativos profundos no dejaron rastro en su correspondencia salvo la preocupación por terminarlas antes de morir, revelan lo elevado de su espíritu. Suponemos, quizás con razón, que la inteligencia refinada de sus contemporáneos estimuló su ascenso indetenible hacia la perfección. En la altura del interlocutor está el verdadero alimento del genio.

Junio 12, 2013

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