Los Invisibles

Sería interesante concebir la producción de conciertos contemporáneos
con el criterio de la curaduría de artes visuales. Ha cambiado muy
poco la rutina del concierto desde el siglo 19 en la forma, el
repertorio y sobre todo en la estructura de ensayos y la concepción
del concierto. Los directores de orquesta y solistas no tienen tiempo
de abrir obras frescas o archivadas e interpretar descubrimientos;
necesitarían apoyo en la producción para poder inventar y defender
sonidos nuevos, modificar sus rutinas haciendo conciertos temáticos.
Esquivan quizás el riesgo artístico que implican los estrenos culpando
con razón el remolino sin fin de agendas recargadas. Los musicólogos,
que podrían ayudar, entienden de procesos históricos, pero no manejan
el show: carecen del poder de seducción del artista ejecutante; la
musicología es una ciencia fría, produce textos, no espectáculos. Los
compositores son casi siempre pésimos relacionistas, y dado que las
obras no son bienes tangibles o negociables como cuadros o esculturas,
nadie organiza la curaduría ni la exposición del producto; las
composiciones pasan del astillero a las catacumbas, con un breve hiato
en el estreno (si es que lo hay) casi siempre deficiente por falta de
producción. Y esa es la palabra clave: producción artística total,
especialidad particular, función de alta responsabilidad. El director,
ocupado con el montaje de la obra nueva, no debería ser el único
responsable de la puesta en escena, tampoco le toca ese papel al grupo
o al solista. Además de los talentos ejecutantes se requieren
múltiples puntos de asistencia y control que garanticen la calidad del
estreno. Una obra nueva o rescatada impone casi siempre una concepción
diferente del sonido, del acople de los músicos. Las audacias
musicales mal producidas, incomprendidas, se ven condenadas
irremediablemente al cesto de las obras defectuosas; para defenderlas,
la contextualización, el control externo y la presentación impecable
son imprescindibles. El “curador de conciertos” debería sincronizar
todas las disciplinas involucradas: musicología, composición,
ejecución instrumental, dirección, estética, tecnología. En la
carencia de este “médico internista” de la producción musical está
quizás la explicación de la notable invisibilidad de los hallazgos
sonoros venezolanos de los últimos 50 años en nuestra cultura de
concierto. Obras grandes o chicas como el Concierto para viola y
orquesta de Gonzalo Castellanos o las “Conservas de Coco”, pequeña
joya coral de Inocente Carreño; “Sonotráfico” para cello solo de
Domingo Sánchez; Solentiname de Alfredo Del Mónaco; Urano para
orquesta de Alfredo Marcano; Pitangus Sulphuratus de Adina Izarra; el
Réquiem para un Idiota de Carlos Duarte; Trance, cuarteto de cuerdas
de Andrés Levell; Susurro de Emilio Mendoza; las piezas altamente
originales de Juan Carlos Núñez en bandas sonoras de películas,
acetatos perdidos y partituras sinfónicas; el concierto para piano de
Modesta Bor o el Concierto Tropiburgués de Alonso Toro; (me perdonarán
las infinitas omisiones). Creaciones de todo tipo que sonaron un par
de veces y desaparecieron para siempre, audacias musicales concebidas
con genialidad, arrojo y esmero, piezas ocultas de nuestra cultura
contemporánea. Hacer la curaduría es hacer visible, revelar la
creación.

Marzo 21, 2013

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