Bernstein y la Televisión

La reciente publicación por la Yale University Press de una correspondencia selecta de Leonard Bernstein nos muestra un artista mimado por el destino con un don de comunicador que se apoderó de su vida, quitándole quizás el tiempo de producir obras maestras que sin duda hubieran marcado el siglo 20, pero dándole como revancha el talento de difundir el amor por la gran música. Por casualidad se mezclaron en mi mesa la biografía oral de Shostakovitch de Elizabeth Wilson (Princeton & Oxford), extraordinaria colección de testimonios de la era soviética y el deslumbrante pingpong epistolario que mantuvo el gran Bernstein con la vistosa sociedad de artistas y celebridades norteamericanas de las décadas de oro ¡Qué contraste! El genial Dimitri escondiendo su torturada naturaleza interior, bajando la cabeza y pretendiendo ser una suerte de comisario de la música; el leonino Lenny de pasiones desbordantes, transformando el universo de la música clásica con su mero magnetismo personal. La lectura en paralelo de estas dos vidas tan diferentes, ambas quizás igual de prisioneras de su respectivo lado de la cortina de hierro, atrapadas en la lógica cultural de sus naciones, nos muestra la importancia del gran medio sinfónico para las audiencias masivas en todo el globo. En 1957 Bernstein seduce a la CBS, la televisora Nº1 de los años 50, y comienza a producir programas didácticos en horario estelar con la Filarmónica de Nueva York. Éxito total. Algo insólito que marcó una era en la cultura musical norteamericana; incluso recuerdo haberlos visto en Caracas en los años 60, doblados al castellano, si mi memoria no falla. Los “Young People’s Concerts” de la Filarmónica databan de 1914, pero en manos de Bernstein y la TV impulsan exponencialmente la afición por la música clásica en la teleaudiencia masiva. Cada uno de los 53 programas, producidos de 1958 a 1972 representa una clase magistral dictada por el director más elocuente de la historia, frente a su orquesta, desde el podio, mostrando detalles instrumentales, señalando estructuras, ilustrando los conceptos manejados por los compositores. Un magistral tour de force de producción audiovisual sostenido por 14 años. “¿Qué es una Melodía? ¿Qué es un Concierto? El Espíritu Latinoamericano, Jazz en la Sala de Conciertos ¿Quién es Gustav Mahler? El Humor en la Música”, son apenas algunos de los títulos de las emisiones ¡Cuánta falta nos hacen este tipo de programas didácticos hoy en nuestro país, en nuestro desierto cultural hertziano militarizado! Sentí un sobresalto cuando vi una carta que Lenny envía a su esposa desde el Hotel Tamanaco, mayo de 1958: “¡Wow, qué días! Primero estamos todo el tiempo “smash” (prendidos), segundo es salvajemente agotador pero tan divertido y estimulante. Venezuela es única”. Tras un comentario sobre desigualdad social, arquitectura pujante y amor por la música, habla de sus dos conciertos totalmente llenos en el Aula Magna y uno “para 7000 personas de clase media en una perfecta Concha Acústica” [de Bello Monte]. “Acabo de conocer al presidente de la Junta [Larrazábal], muy encantador, adoró la Sexta de [William] Schumann, fíjate” (esta última palabra en castellano). “Mañana me voy para Maracaibo a dirigir en mi liki-liki”. Les dejo este Bernstein caraqueño tan seductor. Así eran las cosas. Fíjate.

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