Desiertos

La colisión de dos realidades musicales históricamente divergentes me ha puesto a pensar en la cuestión del valor estético, monetario, afectivo que puede revestir el arte de acomodar sonidos. Por un lado el recuerdo de un gran maestro que un día me dijo que perfeccionar un delicadísimo latido entre dos notas, típico de la música de cuerdas de Schubert, le tomó el mismo tiempo que la travesía de Moisés: 40 años. Por el otro leo un artículo sobre los clubes de EDM (Electronic Dance Music): el DJ cuyo nombre no recuerdo, fumando en su vuelo privado de 40 minutos sobre el desierto de Los Angeles a Las Vegas, pasa 10 minutos fabricando un “tema” en su laptop con sonidos levantados de algún vinilo, futuro hit de la mega rumba donde le pagarán 150.000$ por tres horas. Dos travesías de desiertos muy diferentes. Hoy en Las Vegas los clubes con DJ rinden más que los casinos; y obviamente, en una siniestra lógica mundial, los músicos de concierto, cada vez más expertos y refinados, tienen cada vez menos relevancia económica y cultural. Las clientelas de estos dos mundos, por fortuna, no se cruzan, pero como decía Marx, basta que aparezca una máquina de tejer en alguna parte del mundo para que todos los que tejen a mano sientan que el mundo cambió. Los músicos que cultivamos los sonidos acústicos, las creaciones lentas y ponderadas en vivo o grabadas (aunque incluyan gestos espontáneos e improvisaciones), tenemos hoy la tarea de educar la sensibilidad del consumidor de sonidos, incansablemente. Para la juventud que accede a la música por audífonos o parlantes todo es igual: una señal amplificada. En el actual contexto de ignorancia generalizada, que el sonido lo produzca un robot parcialmente controlado por un semi-músico eufórico, o un ensamble en vivo da lo mismo, del punto de vista ético. Y no hay culpable; los sonidos electrónicos, nativos del mundo de las cornetas, lo dominan en calidad de reproducción, volumen y variedad; pero me niego a pensar que esté perdida la batalla de los sonidos. No es necesario promulgar la alergia a lo electrónico, pero sí el rechazo de lo mecánico, de lo que carece de méritos artísticos y sin embargo ocupa todo el escenario, secuestrando tanto el silencio como los recursos. Los que tienen el poder de programar eventos, de diseñar contenidos y tendencias, de moldear el paisaje sonoro de la urbe deberían pensar antes de entregarle a la ligera la musicalización del mundo a ignorantes equipados con la última tecnología de invasión musical mecanizada. La facilidad y la economía han convertido casi todas las cortinas radiales en verdadera chatarra musical insensible. El Caribe musical, antes terreno de cierta galantería sabrosa y elegante, es hoy un cementerio monocromático de reguetones idénticos. Me niego a pensar que el consumidor sea causa de semejantes degradaciones; es el viejo afán de lucro, por supuesto, disfrazado de progreso. La diferencia entre hacer algo por dinero o hacerla por amor y pasión se escucha hasta en los más mínimos detalles: un trino de Schubert en el cual sentimos años de maduración; la música tradicional nutrida por raíces inmemoriales; la obra recién compuesta estrenada por voces, arcos, alientos, cueros y semillas verdaderas.

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