Las Seis Gloriosas

La Primera invade el violonchelo con suaves oleajes armónicos y dulcísimas intimidades, remozando en 1717 ese instrumento que jamás había tenido un papel de solista, sacándolo del sótano de los bajos orquestales, dándole contenido polifónico y melódico. La Segunda es austera, un lento ascenso, serpenteando entre acordes menores como montañas rocosas que culmina pese a su gravedad en danzas rústicas, irresistibles. La Tercera es ligera como un vino espumante; bajo una simplicidad de escalas veloces oculta una Sarabanda conmovedora, una Bourrée que pertenece al Hit Parade del Barroco y una Giga final que revienta cuerdas. La Cuarta es como la Muralla China de los violonchelistas: infranqueable, terca, pero majestuosa; una vez conquistadas sus inmensas dificultades conceptuales y técnicas es sin duda la más cálida y humana. La Quinta es abisal, aquí ya no hay palabras; es el Viernes Santo convertido en Suite. Tras un sombrío preludio a la francesa y una fuga que multiplica las voces internas del instrumento siguen dos de las más puras danzas que Bach parece haber aprendido de la antigua música francesa de Forqueray o Sainte-Colombe, y luego suena la Crucifixión: una Sarabanda que el gran Pablo Casals tocaba en llanto y que es imposible escuchar sin sentir el dolor de la humanidad entera, lenta agonía que Juan Sebastián supo transformar en secuencia circular de 21 notas. Si la Quinta Suite es Viernes Santo, la Sexta es sin duda el Domingo de Resurrección; abre con un Preludio que ya de entrada es una larga y embriagante Giga escocesa. Los siguientes movimientos exploran sucesivamente lo celestial y lo terrestre en proporciones perfectas. Ya en 1720 el violonchelo, transformado por la mano de Bach, es un coloso polifónico, inexplicablemente ampliado, multiplicado, desarrollado. Pasó de ser un simple refuerzo del órgano y el clavecín a ser un personaje con vida propia. Poco se conoce del origen y el propósito de esta colección de Suites ¿Eran ejercicios para mejorar el nivel de los chelistas? ¿Deleites personales en el delicioso registro de un instrumento sub-utilizado? ¿Encargo de algún solista? Nadie sabe. Ni siquiera nos llega la copia de la mano de Bach, sino de la de su esposa Ana Magdalena. Pero la arquitectura interna, la relación en cada Suite entre los seis movimientos que la conforman, es impresionante. Si el preludio visita cierto acorde, define cierto giro, los siguientes movimientos lo retoman como elemento clave del discurso. Discretamente se teje una gran coherencia entre piezas de carácter totalmente divergente. Otro punto fenomenal es la creación de la polifonía en espacio virtual: ya que el violonchelo no produce sino dos notas simultáneas, es prácticamente imposible escribirle múltiples voces: fugas, por ejemplo; pero Bach lo logra mediante la fragmentación de estratos. Si bien no existen voces simultáneas, la imaginación reconstruye las sucesivas intervenciones de bajos y agudos conformando polifonías imaginadas, conectando los puntos aislados de estratos diferenciados. De esa complejidad del texto viene la suprema dificultad para el intérprete; docenas de grabaciones proponen toda clase de lecturas. Como con los textos de Shakespeare, no se agotan las visiones posibles. El texto de las Suites pasa por todas las modas y permanece fresco, intacto, perfecto.

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